Lo que aprendí
Sí también
ayer, hoy mismo
No no soy el que era
y tampoco soy el que soy
Sí era un proyecto
una proyección
O una anticipación
Y tú
eres real
O sólo estás
en mi imaginacion
sé que eres
Aunque no te vea
ni te palpe
ni nunca llegue
Hacer es lo que quiero
Y ser yo tú
Karlosh

Love and melancholy

Foto Karlosh

Quisiera

Quisiera, dibujarte
en un lienzo,
escribirte en un libro,
esculpirte con mis manos,
grabarte en mi memoria.
Tus singulares trazos,
tus pensamientos ocultos
tus formas de mujer.
Tu cabello salvaje
la frente amplia
tus cejas como acentos
del óvalo de tus ojos
Ojos claro-oscuros
inmensos como el oceano
soñadores, magicos
tu escrutadora mirada
fija y desafiante
Tus mejillas blancas
y sonrosadas
Tus labios sensuales
y piel de suave
Eres mi inspiración,
mi impulso
y mi estímulo
Quisiera,
grabarte en mi memoria

Karlosh

LA RUEDA

De siempre me ha gustado el blues. No sé que tiene esa música. Quizá el contar sobre la vida. Y hacerlo a un ritmo de 12 compases. El número es lo de menos; podrían ser 11 0 13 o por qué no 10?.

Amo la vida, y el blues es como una rueda; una rueda en la que cabe la improvisación. Cuando llegas al que parece el último compás vuelves a empezar, pero no vueves nunca al mismo sitio en un ejercicio memorístico.

Vuelves a una nueva página: unas nuevas palabras, nuevos sonidos, nuevas frases.
La rueda no ahoga nunca la vida, no debe.

Karlosh

blues, vida, rueda, pagina, palabras sonidos

Sara y el algoritmo

Faltaban apenas cinco minutos para la salida del tren. Después de acomodar las maletas en el altillo de los asientos salieron al andén para fumar un cigarrillo; un señor grueso les pidió ayuda para colocar una enorme maleta en el portaequipajes del pasillo

El viaje se presentaba largo con una breve parada en una estación intermedia en la que habitualmente había trasiego de viajeros que bajaban y subían. Esta vez los asientos a dos estaban enfrentados por una mesita que formaba un rectángulo perfecto en medio de ellos.

Enfrente de ellos junto a la ventanilla se sentó un chico de pelo alborotado y moreno, provisto de útiles de trabajo. Con parsimonia extendió sobre la mesa unos folios en blanco y del portalapices extrajo un rotulador negro de punta fina. Con una precisión que parecía urgente dibujó en medio del papel un círculo y unos ejes de coordenadas que lo atravesaban de lado a lado en diferentes posiciones formando ángulos.

Ante el asombro de él, comenzó a escribir fórmulas matemáticas alrededor del círculo. Aquello fue solo el comienzo porque a medida que avanzaba el tren escribía más y más rellenando el papel. De vez en cuando levantaba la vista mirando por la ventanilla para volver enseguida a formular. Sin duda, pensó, este chico debe ser un genio matemático; no había visto cosa igual. La luz del sol entraba por la ventana y ella le pidió permiso para bajar la persiana. El muchacho parecía desconcertado como si aquello fuese un atentado pero enseguida continuó: los rayos del sol, ahora filtrados por la persiana, seguían multiplicando las ecuaciones.

Entonces cayó en la cuenta, Sara debía conocer el algoritmo para hallar las raíces cuadradas.

Karlosh

EL RESTO

Los sanos los que se creen sanos porque no se contaminan y no quieren contaminarse. Los que se envuelven en una burbuja en una urna de cristal para no mezclarse con el resto

No se contaminan, no no, salvo de su propio yo – ese yo con mayúscula- que se basta a si mismo que no necesita de nadie.

Yo me quedo en y con el RESTO.

Karlosh